Visión y cataratas
El individuo al llegar a este tramo
de su vida debe mantener su relación con el entorno como
método más eficaz para evitar un envejecimiento
global psicosomático. Los sistemas sensoriales encargados
de la relación con el medio ambiente, cuando fallan,
precipitan a la persona a un aislamiento que aceleran su anquilosamiento,
primero psíquico y después físico. Dentro
de los déficits sensoriales destacan la pérdida
de audición y la pérdida de visión.
Las enfermedades que afectan a este periodo de
la vida poseen unas características propias. Los sistemas
de homeostasis del organismo van fallando y aparecen cuadros
clínicos degenerativos, distróficos o por depósito.
Las causas de pérdida de visión más frecuentes
en el llamado primer mundo son: en el segmento anterior del
ojo, la catarata y el glaucoma, y a nivel del segmento posterior,
la degeneración macular relacionada con la edad y la
retinopatía diabética. Otras alteraciones oftalmológicas
no graves pero frecuentes en esta etapa de la vida que afectan
la superficie ocular son el síndrome del ojo seco, conjuntivitis
crónicas, y obstrucciones de las vías lagrimales.
Vamos a ver como la principal de estas patologías puede
llegar a afectar nuestra vida.
La catarata es la opacificación del cristalino,
que produce una disminución de la agudeza visual. La
catarata relacionada con la edad presenta una prevalencia del
50% en la población entre los 65 y 75 años, y
del 70% por encima de esa edad. El cristalino tiene como función
permitir la acomodación, es decir poder leer de cerca,
pero con la edad se producen diferentes procesos que conducen
a la aparición de la presbicia o perdida del poder acomodativo.
Sin embargo, en la tercera edad, el cristalino cumple aun una
función muy importante como filtro absorbente de la radiación
ultravioleta de la luz solar. Es precisamente este motivo que
producen catataras en la mayoría de los casos. En los
últimos años se ha observado un importante aumento
no solo del número de cataratas, sino del tipo cortical,
donde el exceso de radiación UV juega un rol importante.
Otras causas son el uso de corticoides, diabetes mellitus, traumas
oculares y déficits de antioxidantes naturales en la
alimentación. El uso de protección solar adecuada,
suplementos vitamínicos y de oligoelementos, pueden retrasar
la aparición de cataratas, aunque existen muchas variables
individuales. Una vez establecida, la única solución
es la quirúrgica que en los últimos años
ha tenido un fuerte desarrollo. La técnica más
moderna es el recambio del cristalino opacificado por otro artificial
y transparente, mediante la técnica de facoemulsificación,
utilizando ultrasonidos (y no láser como muchas personas
creen). Se introduce en el cristalino un fino instrumento a
través de una pequeña incisión corneal
de 3.00 mm. Dicho instrumento, que lleva ultrasonidos en la
punta, rompe el núcleo del cristalino en fragmentos para
ser aspirados. Una vez vaciado el contenido del cristalino,
y conservando su cápsula o envoltorio, se procede por
la misma entrada a la inyección del cristalino artificial,
que por ser blando entra enrollado y se desenrolla ya en el
interior del cristalino. Toda la intervención se ha podido
practicar ambulatoriamente, con una corta duración, una
incisión pequeña (3 mm), sin necesidad de suturas,
y anestesia tópica, todo lo cual ayuda a una rápida
rehabilitación visual al paciente de la 3ª edad,
sin dolor y sin las molestias asociadas a los ingresos hospitalarios.
No todas las cataratas son iguales. En la tercera
edad vamos a distinguir dos tipos principales pero no únicos
y que a veces están entremezclados.
En primer lugar esta
la catarata nuclear, es la típica del anciano,
que procude una miopización progresiva. En las primeras
fases, el paciente lo nota más como cambios rápidos
y progresivos de la graduación, que como una perdida
de la visión. En muchos casos se vive como una mejora,
pues dicha miopización puede llegar a permitir la lectura
sin gafas, y todos habremos oído alguna vez aquello de
que “mi abuelo tenía muy buena vista pues incluso
leía sin gafas.” Recordemos que el anciano es ante
todo un usuario fundamental de las distancias media (T.V., reconocimiento
de las personas) y cercana (aseo, comida, lectura). Dicha catarata
en su avance tiende a ir afectando todas las distancias por
lo que al final prima la decisión de la cirugía.
Si bien antiguamente se decía que la catarata debía
estar suficientemente madura o avanzada para merecer el riesgo
quirúrgico debido al tipo de cirugía que se practicaba,
hoy en día la decisión quirúrgica se suele
recomendar alrededor de un 50% de visión para lejos.
Dos motivos orientan a ello. Primero en este momento la dureza
del núcleo del cristalino no es aún muy importante
y permite una cirugía poco traumática con un tiempo
y potencia de ultrasonidos moderados, con un postoperatorio
rápido y una ágil rehabilitación. En segundo
lugar hay que pensar en la de ambulación y sentido del
equilibrio del paciente, donde una buena calidad de la visión
permite una correcta autonomía personal para moverse
en los agresivos medios urbanos.
La no visión a tiempo de un bordillo puede
acabar en una fractura mayor ósea de difícil solución
debido al estado de osificación del anciano.
Un segundo tipo de
catarata es la llamada cortical. Es más típica
de la mediana edad, a partir de los 50 años, más
frecuente en miopes, y en personas con piel tipo I, muy sensible
a la luz solar. Destaca su etiología relacionada con
la radiación U.V. solar. En esta caso en las fases iniciales
aparece una hipermetropización, que siempre se nota como
empeoramiento de la visión en forma de ver niebla ocasional,
salvo en los miopes en los cuales puede disminuir el número
de dioptrías. Es característico el observar fuerte
deslumbramiento con las luces y sensación de pérdida
de visión cuando la persona pasa de un lugar poco iluminado
a un lugar con exceso de iluminación, lo que puede provocar
tropiezos o caídas. Es típico que el paciente
esté muy incomodo y con ganas de operarse con agudezas
visuales altas ( aprox. 70%), tomadas con criterios standard.
En la decisión quirúrgica prima el tipo de vida
del paciente y las limitaciones que encuentra para realizarla,
pues aquí la dureza del núcleo del cristalino
no nos afecta salvo en edades avanzadas.
Un criterio a tener en cuenta en el momento de
la decisión quirúrgica, y que no se debe menospreciar
a estas edades, es el refractivo. Por un lado es importante
intentar que el resultado refractivo final, gracias a la potencia
de la lente intraocular, le sea cómodo al paciente, pues
éste se adapta con dificultad a los cambios. Si bien
no hay criterios universalmente aceptados, se aconseja en lo
posible dejar un ojo enfocado para lejos, con el equivalente
esférico lo más próximo a cero dioptrías,
y el otro dejarlo ligeramente miope, alrededor de una dioptría,
para mejorar su campo de visión intermedio, y así
con los dos ojos y sin necesidad de usar gafas tiene una profundidad
de campo correcta para ser independiente del uso de corrección
óptica, la cual quedaría restringida básicamente
para visión próxima y lectura. Factores como un
astigmatismo corneal previo significativo o errores en el cálculo
ecográfico de la potencia del cristalino artificial impiden
en ocasiones obtener estos resultados.
Los criterios de aplicación del momento
quirúrgico se ven fuertemente afectados por el medio
social en el que nos movemos. En la medicina pública
es frecuente la existencia de largas listas de espera para esta
patología ocular, por la limitación de medios
de los hospitales públicos. Si bien en algunas autonomías
se dedican especiales esfuerzos para paliar dicha situación,
la falta de un método eficiente y personalizado para
dar prioridad a cada caso según su situación real,
que es multifactorial y compleja, hacen que en la práctica
el paciente busque en muchos casos la solución en la
medicina privada. Esta última, a parte de aportar un
trato más personalizado al individuo, ha sido un auténtico
motor en la mejora de la tecnología asociada a este tipo
de intervenciones. La tecnología en este caso ha significado
eficiencia, seguridad y costes ajustados. Creemos que ayudaría
mucho en la mejora de las listas de espera, como sucede en otros
países de la U.E., que para determinadas patologías
la seguridad social hiciera una aportación en metálico
de su propio coste al centro privado donde se realiza la intervención
a fin de disminuir significativamente el coste de ésta,
lo cual no incrementaría el coste del erario público,
dejaría libertad de elección al paciente, disminuiría
su esfuerzo económico (hay que pensar que la mayoría
de estos pacientes están en edad de jubilación),
pero sobretodo solucionaría un problema visual sin alargarlo
innecesariamente.
Problema aparte es el de las llamadas residencias
de la 3ª edad, donde pese a existir una buena asistencia
médica de tipo general, las dificultades típicas
del estudio oftalmológico por personal no especializado,
hace que en la práctica no existan medios eficientes
para dicho control. Salvo el interés de los familiares
que organizan visitas externas a centros oftalmológicos
en aquellas personas que previamente ya tenían problemas,
la mayoría de los ancianos no son atendidos convenientemente.
Hay que tener en cuenta que la edad es el principal factor de
riesgo de patología frecuente, como son las cataratas,
el glaucoma o la degeneración macular asociada a la edad.
Debido a la importancia que tiene la visión en el mantenimiento
de la relación con su entorno, creemos que sería
necesario realizar screennigs sistemáticos de la población
ingresada en dichas residencias ( que podrían ser llevadas
a cabo por optometristas especializados) para seleccionar aquellos
pacientes a los que se les debe estudiar más profundamente
en un centro oftalmológico, dotado con todos los medios.
De este modo se podría crear la figura del optometrista
geriátrico, para cubrir estas necesidades.
La sociedad debe beneficiarse de la colaboración
entre estamentos médicos públicos y privados,
y entre profesionales, oftalmólogos y optometristas.
Las grandes necesidades asistenciales de tipo médico,
y en especial oftalmológico, que genera la 3ª edad
deben obligar a un replanteamiento de esas colaboraciones con
el objetivo puesto en la mejora del principal bien común:
la salud.